Mis errores favoritos como filmmaker
(y lo que aprendí de ellos)
Hay días en los que el filmmaking se siente como pilotar un dron en un bosque frondoso: un festival de ramas inesperadas esperando a darle una colleja al dron. Y aun así, benditos golpes. Son los que afinan el pulso, la mirada y la paciencia.
Hoy recojo mis errores favoritos. Los que hicieron que mi trabajo fuese mejor, aunque en el momento solo quería dejar la cámara y llorar en una esquina.
Vamos a lo «weno».
1. Confiar en que “con la luz que hay voy bien”
También conocido como: el optimismo que arruina tomas.
Durante mis primeros proyectos, pensé que una luz “decente” era suficiente. Spoiler: no lo es. La luz «normal» se cobra su peaje en la edición.
Lo que aprendí:
La luz nunca es “lo que hay”. La luz se crea. Incluso un panel pequeño o una ventana domesticada con una sábana pueden salvar la narrativa visual. Preparar la luz es preparar la emoción del plano.
2. Grabar “por si acaso”
El síndrome de llenar tarjetas sin control. Como quien compra comida para un mes porque va al supermercado con hambre.
El material sobrante pesa. En discos, en cabeza y en la sala de edición. Revisar decenas de variantes idénticas te roba vida útil.
Lo que aprendí:
Filmar con intención. Grabar lo que suma, no lo que tranquiliza. La edición agradece cada decisión tomada antes de apretar REC.
3. Subestimar el sonido
Un clásico: imagen preciosa, sonido grabado con el micro que venía en la caja o colocado como quien deja las llaves en una mesa.
El sonido mediocre convierte cualquier plano en un “casi”.
Lo que aprendí:
El audio es el 50% de la historia. A veces más. Micrófonos decentes, distancia correcta, control de ruido… y escuchar antes de grabar. Un hábito que ha salvado más rodajes que cualquier cámara nueva.
4. Editar sin orden
(o creer que la inspiración llega sola)
Mi antiguo yo abría el software como si fuera un lienzo en blanco y se lanzaba a montar “a ver qué sale”.
Sale caos. Siempre.
Lo que aprendí:
Crear estructura antes de tocar la línea de tiempo. Secuencias etiquetadas, material cribado, ritmo definido. La creatividad necesita un corralito para moverse libre sin romper todo.
5. Decir que sí a plazos imposibles
Acepté proyectos donde el timing era un imposible. Todo urgía, todo quemaba, todo era para ayer.
Conseguido: sí. Repetible: prefiero que no.
Lo que aprendí:
El tiempo es parte del presupuesto. Protegerlo significa proteger la calidad, la salud mental y la relación con el cliente. Aprendí a negociar plazos como quien afina un instrumento.
6. Creer que “ya está suficientemente bien”
La frase más peligrosa del post.
Ese detalle que te da pereza ajustar suele ser el que canta después en pantalla grande. No falla.
Lo que aprendí:
El ojo se educa insistiendo. Revisión fina, correcciones pequeñas, coherencia en color, ritmo y narrativa. Lo que diferencia un vídeo correcto de uno memorable es esa última ronda. Y nada mejor como reverlo tras un tiempo de pausa. Apunta todo lo que ves y cambiarías… que luego se olvida a veces.
7. No confiar en mi propio criterio al principio
Dejé que otros dictaran decisiones que yo sentía que no funcionaban. Por falta de seguridad, por querer quedar bien y, sobretodo, por decir que sí al cliente (no os lo tomeis a mal :P).
Lo que aprendí:
La experiencia te la dan los años; el criterio, el trabajo. Si has hecho el ejercicio de pensar una escena, defenderla es parte del oficio y de tu propio criterio como profesional. Ahora escucho, pero no cedo si la narrativa se resiente.
Conclusión
El error como tu Pepito Grillo
Al final, los errores no son un drama. Son esas pequeñas alertas que te dicen por dónde mejorar. Cuando dejas de esconderlos y los miras con calma, te das cuenta de que están ahí para empujarte, no para frenarte.
Hoy trabajo con todo ese aprendizaje encima: cuido la luz, escucho el sonido antes de grabar, edito con intención y tomo decisiones más claras. Y aun así, sigo equivocándome, claro. Pero cada fallo me deja un proyecto un poco mejor que el anterior, y con eso me doy por satisfecho.